בס״ד
Terumá – ¿Todo o Nada?
Por Rab Menajem Abdeljak
Se supone que Moshé Rabenu, luego de estar ciento veinte días en el monte de Sinai disfrutando de la máxima revelación Divina al que algún ser humano tuvo acceso alguna vez, estaría en perfecta sintonía con el razonamiento de Hashem. Pero sorpresivamente, nuestros Jajamim nos revelan (Yalkut Shimoní) que en tres oportunidades Moshé se sorprendió y se desalentó ante un pedido de Hashem.
La primera vez, cuando Hashem le indicó que cada uno debe dar una suma como rescate de su propia vida. En aquella oportunidad, Moshé afirmó: ‘Nadie puede dar a Hashem su rescate’ (Tehilim 49:7). ¿Cómo puedes entonces pedirnos esto? ¿Quién podrá pagarlo?
Más adelante, cuando llega la indicación de construir un recinto como morada Divina, Moshé se sorprendió: ‘He aquí que los cielos y los cielos de los cielos, no te pueden contener’ (Melajim 8:27), ¿y Tú me pides una morada en la tierra?
Por último, una vez erguido el Mishkán, Hashem ordena una ofrenda diaria y nuevamente Moshé no logra comprenderlo: ‘Ni el Líbano (sus cedros) bastará para el fuego, ni todos los animales para el sacrificio’ (Ieshaiá 40:16).
He aquí las respuestas de Hashem:
No es como tú piensas Moshé. No necesito grandes fortunas, simplemente exijo media moneda por cabeza y yo los remedio con esto.
No es como tú piensas Moshé, tan sólo les pido veinte tirantes al sur, veinte al norte y otros ocho al oeste y yo me reduzco y me alojo ahí dentro.
No es como tú piensas Moshé, requiero sencillamente dos corderos. Y no juntos, sino que uno por la mañana y uno al atardecer.
El Nabí (Hoshea 14:1) le dice al pueblo Judío: ‘Retorna Israel hacia Hashem, tu Elokim’. Sobre esto el Midrash comenta (Pesikta Rabatí 45:9): ‘Esto es similar a aquel hijo que se alejó de su padre una distancia de cien días de recorrido. Le dijeron sus amigos: “Regresa hacia tu padre”. A lo que el hijo responde: “No puedo caminar tanto”. Entonces el padre le mandó el siguiente recado: “Avanza lo que tus fuerzas te permitan y yo me acerco a ti el resto del trayecto”.
El mensaje es más que claro: Hashem no exige lo que no se puede, lo que nuestras fuerzas no nos permiten. La norma es: “En Hakadosh Baruj Hu ba bitroniá im beriotav – Hashem no ofrece a sus criaturas desafíos imposibles” (Talmud, Abodá Zará 3a).
Existe un error, fuertemente radicado en nosotros, que es el hecho de creer que sólo con acciones extremas y extraordinarias podremos acceder a un mayor nivel espiritual y reparar nuestros errores. Y mientras tanto, seguimos perdiendo tiempo y dejando pasar oportunidades para mejorar y superarnos.
Es como aquel joyero, que mientras estaba atendiendo a sus clientes, ingresó un malhechor y se dio a la fuga con una joya. Desesperado, el comerciante sale tras sus pasos y recupera la alhaja. Al regresar, descubre que “los clientes” no eran más que cómplices y se habían alzado con toda la mercancía de la joyería.
También el Ietzer Hará nos hace creer que si no hacemos grandes Mitzvot no sirve de nada y nosotros, en nuestro afán genuino de corregirnos, nos empeñamos en una misión imposible, que nos quita de las manos aquellas “pequeñas” Mitzvot que cumplíamos antes.
El Mishkán, la “morada” del Rey de los reyes, no era más que una carpa en el desierto. Móvil y frágil. Indudablemente mucho más humilde que la de cualquier rey, gobernante o ministro. Por otro lado, el Bet Hamikdash, grande y majestuoso, era una obra de arte a nivel mundial.
A ciencia cierta, para la infinita grandeza de Hashem, nada sería demasiado y ni siquiera suficiente. Pero de todos modos, el Bet Hamikdash es mucho más adecuado que el Mishkán.
Pero justamente ahí viene la lección: No esperemos hasta llegar y establecernos en Eretz Israel para hacer lo “perfecto”. Cuando lleguemos lo haremos ¿Y mientras estamos en el desierto? Nos arreglamos con lo que podemos y tenemos al alcance de nuestras posibilidades.
¿Cuántas Mitzvot, ofrendas e inciensos se hubiesen perdido de Am Israel si esperábamos hasta poder hacerlo cien por cien? ¿Cuántas personas hubiesen permanecido impuras ó privadas de expiación sin el Mishkán?
La cultura del “todo o nada”, más allá de ser nociva y destructiva en todos los órdenes de la vida, va en absoluto contramano de la idea de la Torá.
Si no puedo estudiar diez horas diarias, estudio cinco. Si no puedo ni eso, entonces tres alcanzan. Y si incluso a ello me veo imposibilitado, entonces será una hora o media. A veces creemos que se hace Jesed teniendo grandes fortunas y magnas organizaciones, nada más incierto, para hacer Jesed hace falta buena voluntad.
El Rab Iaakob Meir Shejter, en su libro Likuté Amarim, cuenta sobre un Iehudí que era muy meticuloso en el cumplimiento de la Mitzvá de Tefilín y permanentemente buscaba profundizar en sus Halajot y perfeccionarse en ella. Constantemente le surgían dudas e inquietudes acerca de si estaba cumpliendo correctamente la Mitzvá. Esto se extendió hasta que el malestar por la incertidumbre lo hizo dejar por completo de colocarse el Tefilín.
Desde ya que no se debe dejar de anhelar la superación continua y el avance hacia las más altas esferas espirituales. Sólo que esto se debe manifestar en nuestra relación con Hashem. Cuando hablamos con Hashem diariamente y le exponemos nuestras inquietudes, es el momento de hacerle llegar los más profundos deseos de progreso. No obstante, en la práctica, siempre trataremos de hacer aquello que tenemos más próximo.
Media moneda por cabeza para remediar las almas de Am Israel. Veinte tirantes al sur, veinte al norte y otros ocho al oeste para la permanencia de Hashem entre sus hijos. Dos corderos, uno por la mañana y uno al atardecer, para limpiar los pecados.
‘Avanza lo que tus fuerzas te permitan y yo me acerco a ti el resto del trayecto’ – dice Hashem.
Cada uno según sus capacidades. Sin amedrentarse y sin desmoralizarse.
Shabat Shalom
Por Rab Menajem Abdeljak (Basado en lasenseñanzas del Rebe Najman de Breslev)

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