בס״ד
Pesaj – Jaim, el carretero
Por Rab Menajem Abdeljak
En la aldea todos conocían a Jaim el carretero. No era una figura destacada, pero sí habitual. Su vida era poco colorida y carente de sentido. No es que fuera discriminado ni mucho menos, pero su lugar siempre fue “al fondo”. Así erraba por todas partes con su pobre carroza y sus debilitados caballos.
Aquel día, podía ser uno más, pero entonces tuvo que hacer un viaje al pueblo cercano. Las lluvias hicieron crecer el río y el puente, bastante deteriorado, sucumbió. Así fue arrastrado jaim por la corriente, quién sabe a donde.
Al enterarse del derrumbe del puente, su mujer y sus hijas comenzaron a buscarlo por doquier, hasta que unos viajeros aseguraron haber visto su cadáver flotando en el río cercano. Su figura estaba completamente dañada, pero gracias a su cabellera fuertemente pelirroja, la labor de la identificación fue sencilla y casi inmediata.
* * *
Eran altas horas de la noche, cuando Jaim llegó a su pueblo. Anteriormente, había sido encontrado y asistido por un campesino de la cercana aldea, quien lo aprovisionó de típicas ropas campestres para cubrirse. Para su gran asombro, ve que el pueblo entero estaba consternado acompañando un funeral mientras las mujeres trataban de contener a su propia mujer e hijas. De inmediato se ubicó tras una gran lápida no muy lejos de allí a ver de qué se trataba.
Frente al fresco sepulcro, uno de los líderes comunitarios comenzó a pronunciar palabras de lamentaciones mientras la comunidad entera permanecía silenciosa y cabizbaja. “Era un hombre excelente, de los más honestos carreteros que hemos conocido alguna vez. Las tarifas siempre se redondeaban a favor de los pasajeros. Sus conocimientos en todas las rutas nacionales e internacionales eran de admirar. Ni que hablar de su esmero y cariño por su familia, como lo pueden ratificar su mujer y sus hijas” Entonces Jaim ve que las miradas se dirigen hacia su familia que lloraba incesantemente.
Por fin descubrió quien era “el fallecido”. Entonces puso mucha atención para saber todo lo que la gente pensaba de él. Para su asombro, sólo decían cosas buenas que nunca pudo escuchar “en vida”. Gente de quien toda su vida sólo escuchó reprimendas, hoy lo elogiaban extraordinariamente.
Cuando terminaron los discursos de amigos y familiares y el público estaba ya a punto de dispersarse, apareció un campesino a quien su gran sombrero apenas dejaba divisar sus ojos y pidió la palabra. Esta le fue concedida y el desconocido dijo: “Yo lo conocí a Jaim como nadie.
Nada de lo que se dijo aquí es cierto. Él era una muy mala persona sin ningún rasgo rescatable”.
El público estaba conmocionado y alguien se acercó para alejar al desubicado. En el forcejeo, a Jaim se le cayó el sombrero. El asombro fue total, nadie podía articular palabra, la “viuda” y las “huérfanas” cayeron desvanecidas al ver “revivir al muerto”.
El carretero aprovecho la sorpresa y con lo más alto que su voz le permitió se dirigió a los presentes: Sí soy yo, Jaim. Y me pregunto: ¿A qué se debe que hasta hoy no tuve el privilegio de escuchar todos esos elogios y buenas palabras que hoy me confirieron generosamente y en su lugar sólo coseché objeciones? ¿Será que hacía falta que me muera para escuchar una buena palabra?
Y la pregunta quedó suspendida allí entre las mudas lápidas…
Me hago eco de la pregunta de Jaim. Realmente, ¿por qué somos tan reacios a emitir una buena palabra?
Por varias razones:
1. Nunca nos enseñaron que era importante. Desde pequeños, las críticas siempre fueron públicas y en voz alta, mientas que las aprobaciones, si existían, eran a puertas cerradas, entre los padres.
2. En el caso de una relación de pareja, por ejemplo, las acciones positivas “son sobreentendidas y no merecen aplausos”.
3. Una combinación de sinceridad y un errado concepto sobre los halagos. Muchas veces, las personas utilizan las aclamaciones personales como adulación, para conseguir lo imposible de otra manera incluso tratándose de metas injustificadas. Como consecuencia de esto, se creó una sensación que las felicitaciones corresponden al ámbito de la falsedad y parecería que esa suerte de comentarios no son bienvenidos, además se teme ser tomado por adulador.
4. La rivalidad, situada innatamente en el ser humano, impide elogiar al semejante.
5. Por último, solemos sólo darnos cuenta de lo negativo en nuestro derredor, entonces la crítica fluye con mayor frecuencia. Además es más simple, no se piensa demasiado antes de criticar, pero para halagar calculamos exhaustivamente “a ver si nos pasamos de la raya”. Los errores no los toleramos, mientras que las virtudes nos parecen obligatorias y no merecedoras de aplausos especiales.
Diría usted, ¿y por qué sí?
Por que es un “combustible” espiritual que influye también sobre lo material. Es un reconocimiento al esfuerzo y a veces, aunque no siempre, también a los resultados. Nos hace bien en el corazón y en el alma y produce acercamiento entre las personas.
Todo hombre y mujer sabe que oír una buena palabra de su pareja es el mayor rédito por el esfuerzo, ya sea en la casa o fuera de ella. El monotonismo y la rutina desgastan física y anímicamente. Lo único que puede reavivar y alentar es una buena palabra de quien está al lado.
Los niños bien saben que si papá ó mamá dicen una buena palabra por un buen puntaje en un examen, por una conducta adecuada, es porque quieren que continúen en dicho sentido y por que creen en su capacidad de así hacerlo.
Un niño que crece en una casa donde los padres se felicitan mutuamente y a los hijos, donde siempre se destaca lo positivo de cada miembro de la familia, crece felizmente. Se forjan en él valores tales como: ser agradecido, apreciar a las personas y Ahabat Israel.
* * *
Al momento de la salida de Egipto, contrariamente a lo que podríamos creer, la situación espiritual del pueblo judío no era para nada óptima. De los comentarios de nuestros sabios se ve claramente que la idolatría se había instalado dentro de los Hebreos al punto tal que el ángel representante de los egipcios le reclamó a Hashem porqué los Iehudim son redimidos y los egipcios castigados si su accionar es idéntico.
El pueblo era consciente de esta situación y se la plantearon a Moshé Rabenu preguntándole: ¿Cómo seremos redimidos si no poseemos buenas acciones y además todo Egipto está infestada de nuestra idolatría?
¿Y qué respondió Moshé? Increíble. Léalo bien. “Dado que Hashem desea que sean redimidos, no presta atención a vuestros errores y vuestra idolatría”.
¿Y qué tenían de bueno los Iehudim en Mitzraim? Nuestros sabios nos cuentan, que a pesar de la esclavitud y el sometimiento, conservaron tres aspectos con mucha valentía: Sus nombres judíos, su idioma y su modo de vestir que los distinguía del resto de los habitantes del lugar.
Si quisiéramos sincerarnos, no preguntaríamos ¿Y de qué vale tener nombre judío, hablar en hebreo y vestir como Iehudí mientras se adora idolatría? A nuestro simple entender es ridículo.
Pero la visión de Hashem, el único que conoce los recovecos del alma y el único facultado para interpretar la esencia de un Iehudí, es distinta a la nuestra. Ya nos hizo saber por medio de su profeta Iejezquel “como las elevación del cielo por sobre la tierra así son elevados mis pensamientos por sobre los vuestros”. Hashem tiene la perspectiva exacta de la realidad, muy por encima de lo que nuestra imaginación puede siquiera comenzar a visualizar, ya ni hablemos de entender.
Y Él entiende que la esencia del Iehudí se mide por sus virtudes aunque sean pocos y no por sus defectos aunque sean cuantiosos. Lo positivo es esencial mientras que lo negativo es externo y circunstancial.
El Iehudí tiene la posibilidad de hacer Teshubá (arrepentirse y cambiar de actitud). Si no lo hace por cuenta propia, Hashem buscará la forma de inducirlo a ello mediante señales de alerta y mensajes que sólo Él sabe. Y si tampoco eso da resultado, entonces ese alma deberá ser lavada de sus impurezas, en éste mundo o en el próximo. Pero de cualquier manera, el mal tiene fecha de caducidad, tarde o temprano desaparecerá.
Lo que no es así con las Mitzvot y las buenas acciones. Esto es un patrimonio eterno que no se pierde jamás. Sus huellas nunca se borrarán y su luz no se apagará de nuestras almas. Quedarán eternamente en nuestro haber y cuando ya habremos resuelto los errores de cualquiera de las formas antes mencionadas, disfrutaremos de ellas por toda la eternidad.
Esta visión, además de ser muy cierta, es indispensable para ayudarnos a corregir y superarnos. Conocer lo trascendental que es para nosotros cada Mitzvá, nos dará valor y coraje para seguir adelante a pesar de nuestros errores. De esta manera no permitiremos que nuestros desaciertos nos desmoralicen en nuestro crecimiento.
Si queremos redimirnos, no debemos prestar atención a los errores. Sólo localizar nuestras virtudes y trabajar para hacer uso de ellas lo máximo posible.
Eso es exactamente lo que hizo Hashem. El conocía perfectamente la gran decadencia del pueblo, pero prefirió evaluarlo positivamente por el sólo hecho de haber conservado sus nombres, su idioma y sus vestimentas. ¿Y por qué lo hizo? Porque ya existía en Él el deseo profundo de redimirnos. Y de esta manera, el pueblo se superó y llegó al cabo de siete semanas a estar listos para recibir la Torá en el monte Sinai.
Aprendamos de Hashem. Siempre que nos acerquemos al prójimo o a nosotros mismos, para tratar de mejorar algo, hagámoslo con la predisposición inicial de querer beneficiar a cualquier precio y concentrémonos en lo positivo para aumentarlo y maximizarlo.
Shabat Shalom y Pesaj Kasher veSameaj
Por Rab Menajem Abdeljak (Basado en las enseñanzas del Rebe Najman de Breslev)