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¿Rosh Hashaná o Año Nuevo?
Por Rab Menajem Abdeljak
“A toda cuestión le he visto final”, dijo el Rey David (Tehilim 119:96). Todo tiene final. La vida no es una cinta sin fin, sin sentido, ni límite. Todo lo que comienza, finaliza.
Pero el ser humano no suele ser consciente de ello. Entonces, se nos escurre el tiempo de entre los dedos. Y como dice el popular dicho: “la vida es lo que te pasa por al lado mientras haces planes”. Por eso, una vez por año, Hashem nos lo recuerda.
Llega Rosh Hashaná. Termina otro año. El rugoso calendario pasa a retiro, cediéndole el trono al nuevo.
Nos detenemos y hacemos un balance. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué falta? ¿Qué sobra?
Como resultado, pensamos en nuevos comienzos. Recapacitamos sobre una revitalización en todos los aspectos y órdenes de la vida.
Nos detenemos – a revisar. Interrumpimos – para suspender la agitación del quehacer mundano y observar la vida desde afuera. Y también para invocar por una nueva iniciación, más pura y sagrada.
¿Usted considera que sería un error comer en Rosh Hashaná un buen Pan Dulce en vez de Jalot? ¿O explotar pirotecnia a cambio del sonido del Shofar? ¿Y un brindis con cidra en lugar del Kidush? ¿Y qué me dice de un dulce turrón como sustituto de la manzana con miel?
Seguramente se está dando cuenta que lo nuestro es muy diferente, no es una simple celebración de un nuevo año. Es mucho más.
En realidad vivimos una realidad triste. El Galut (exilio del pueblo judío entre naciones y culturas ajenas), nos confunde cada vez más. Convivir diariamente con culturas basadas sobre otros “principios”, causa y sigue causando estragos en nuestra identidad. Esta confusión se nota en cada aspecto. Los Brit Milá (circuncisiones) postergados para los Domingos, las flores en los funerales y cementerios. Y qué se yo cuántas cosas más. La ignorancia y la falta de conocimiento de nuestras bases y costumbres nos obliga sin querer a adoptar las ajenas, las de nuestros enemigos de todos los tiempos.
Necesitamos urgentemente refrescar las ideas e investigar detenidamente el origen de nuestros conceptos y costumbres para estar seguros que realmente nos pertenecen.
Rosh Hashaná es principalmente, el día del juicio y el día de la coronación del Rey, Hashem. Es el día de juicio. Éste día se decreta el futuro de cada ser humano para el nuevo año que comienza.
¿Por qué justamente es el primer día de Tishrí el “Día del Juicio”? No es casualidad. Hace 5771 años, en este preciso día Hashem creó a Adam Harishón (Adán) y su mujer Javá (Eva). En esta misma fecha el primer hombre comió del árbol prohibido y provocó la ira Divina.
Esta situación condujo a que Adam tenga que presentarse a juicio delante del Rey de los Reyes. Su estado era sumamente delicado. Nadie más que él pudo percibir claramente la mano de Hashem en todo su esplendor y eso no logró contenerlo de transgredir la única prohibición impuesta por el Creador.
En aquel momento se reveló la benevolencia y misericordia de Hashem en toda su magnitud. El género humano no fue extinguido. Nos dio otra oportunidad. La vida después del pecado no es igual, pero tenemos la posibilidad de hacer el bien y reparar éste grave error y todas sus consecuencias mediante el cumplimiento de las Mitzvot de la Torá.
El cumplimiento de los preceptos, corrección del error de Adam Harishón, implica y surge como consecuencia directa de asumir la supremacía de Hashem. De ahí el segundo sentido de esta gran fecha. “La coronación del Rey”.
Si observamos, en las plegarias de Rosh Hashaná no pedimos perdón por nuestras acciones, ni misericordia en el juicio, cosa que sería lógico. Sin embargo, lo que pedimos reiteradas veces es sobre el reinado de Hashem. Exigimos y requerimos que su nombre sea glorificado por todos los seres vivos.
El pedido central, que se reitera en todas las plegarias de Rosh Hashaná y Yom Kipur dice así: “D-ios nuestro y de nuestros padres, reina sobre todo el mundo con tu honor, y enaltécete por sobre toda la tierra con tu gloria, y revélate con el esplendoroso orgullo de tu poder sobre todos los habitantes de tu planeta. Y que sepa todo obrado que Tú lo has obrado y que entienda todo creado que Tú la creaste. Y que diga todo aquel que tiene alma en sus narices: Hashem el Rey de Israel reina y su reinado lo abarca todo”.
Él lo gobierna todo y lo decide todo. Él establece qué cómo y cuándo. Él dispone los límites y las reglas del juego. Él lo da todo y a Él debe dedicarse todo. Esto es lo que debemos inculcarnos en estos días. Porque al incorporar esta idea estamos “coronando” al Rey del Universo. No es menester hacer una ceremonia de coronación para coronar a Hashem, ya que Él examina los corazones. Entonces, si lo aceptamos en nuestros corazones, si tan sólo asumimos internamente nuestro papel de súbditos, ya hemos coronado al Rey.
Esto no se lleva a cabo con una manzana con miel. No logramos éste noble efecto con una simple tarjeta de año nuevo o con abrazos, besos y buenos deseos. Es cierto y además está establecida en la Halajá la costumbre de desearse mutuamente un buen año, pero no es esta la esencia de Rosh Hashaná.
Si no festejamos, no comemos manzana con miel ni ninguno de los manjares tradicionales, no estamos faltando a la esencia de la fecha. Mientras que si no nos esforzamos en reconocer la Soberanía Divina y como consecuencia asumir nuestra condición de súbditos, hemos fallado a la razón de ser de Rosh Hashaná.
Le deseo de todo corazón que pueda aprovechar a pleno éste Rosh Hashaná y dar comienzo a un año mejor, disfrutando diariamente del placer de reconocer la soberanía de Hashem, Rey de los reyes.
¡Shaná Tová!
Por Rab Menajem Abdeljak
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